jueves, 10 de julio de 2008

La zarza ardiente

La zarza sigue ardiendo en lo alto del monte, pero no se oye ninguna voz que haga proclamas solemnes, ni se ve a ningún profeta esperando unas tablas de la ley, ni abajo hay sacrílegos adorando a un becerro de oro. La zarza arde, ajena a estas ausencias, en un tranquilo fluir: fuego, brasa, ceniza, viento y, otra vez, fuego, sin otra misión que la de dar un poco de calor a los que de tanto en tanto se acuerdan de ella y se preguntan por su significado. (El cazador de instantes, p. 43)

1 comentario:

miguel dijo...

No se precisa de gran talento, ni de mayores “levitaciones”, para deducir, por ejemplo, que la zarza que arde pero no se consume con que Dios se mostró a Moisés no es otra cosa que un rosal silvestre de rojos capullos émulos de la llama. Pasado el “carpe diem” de sus pétalos, quedará del rosal las espinosas yermas varas sin pulso.
Pero incombustible, el rosal revitalizará por Pascua Florida.
En tiempos de San Benito, un humilde jardinerito sabio plantó esquejes de rosal en los claustros de los conventos, y allí están mil quinientos años después para advertir al peregrino, místico en ciernes, que la Divinidad, al igual que a Moisés, al igual que al jardinerito sabio, al igual que a tantos otros generación tras generación, se le hará presente en forma de rosal, pues tanto la condición humana como la condición Divina permanecen inalterables.