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jueves, 10 de julio de 2008

La zarza ardiente

La zarza sigue ardiendo en lo alto del monte, pero no se oye ninguna voz que haga proclamas solemnes, ni se ve a ningún profeta esperando unas tablas de la ley, ni abajo hay sacrílegos adorando a un becerro de oro. La zarza arde, ajena a estas ausencias, en un tranquilo fluir: fuego, brasa, ceniza, viento y, otra vez, fuego, sin otra misión que la de dar un poco de calor a los que de tanto en tanto se acuerdan de ella y se preguntan por su significado. (El cazador de instantes, p. 43)